sábado, 31 de mayo de 2008

MARCEL LOUBENS

Espeleólogo francés muerto en la campaña de agosto de 1952 al ascender colgado del cable del torno la primera vertical de la sima de San Martín en el Pirineo navarro (Larra). Su cuerpo no pudo ser rescatado hasta la quinta campaña, en agosto de 1954.
Una sala de este inmenso complejo kárstico, primera profundidad mundial durante años, lleva su nombre. Sigamos a Isaac Santesteban, en su relato del descenso del 11 de julio de 1960, para conocer las características de la sima en que halló la muerte Loubens: «Muy temprano hay una reunión en la que se hace cargo del plan de descensos el Jefe del Campamento, Echalecu. San Martín está enlazado por radio con el Campamento Base, con la Gendarmería Francesa y con la Base Aérea de Bayona.


Se comunica con el Campamento Base varias veces y se realiza el control de víveres destinados a la profundidad. A las 13,30 comienzan los descensos. Bidegain hace la limpieza del tubo hasta 80 metros. Allí hay una plataforma donde el espeleólogo francés instala un muro de contención. Todo el trabajo lo realiza en dos horas y media. Ha limpiado concienzudamente el tubo y comunica que hay más humedad que en años anteriores. Como el torno ha funcionado perfectamente, se quiere intentar el descenso de dos hombres simultáneamente, con objeto de ganar tiempo. Son las seis de la tarde cuando me avisan para que me prepare, cosa que hago a conciencia, ya que conozco las dificultades que me aguardan.

Preparo toda mi indumentaria personal que introduzco en envases de plástico. Acomodo cuidadosamente los aparatos de precisión y, a continuación, me visto pantalón de lana, camisa de lana, jersey, mono de lana, toalla al cuello y dos pantalones y chaquetas impermeables, procurando que los cierres no coincidan. Sé que me espera una ducha interminable. El descenso comienza a las 20,30. Me sitúo en la boca de la sima, en medio de gran expectación. Me coloco en primer lugar pendiente de una doble cuerda de nylon y sentado en un sistema de suspensión parecido al de los paracaidistas.
Me van dando cuatro grandes sacos que voy enganchando en las anillas correspondientes. También sujeto un torno de mano, de unos 30 kilos de peso. Entonces me descienden dos metros para que pueda colocarse Lépineux; durante media hora cuelgo en el abismo mientras se enganchan otros cuatro sacos en torno a Lépineux. El aspecto del conjunto no es demasiado tranquilizador. Comienza el descenso. Vamos deslizándonos lentamente por un paredón inmenso. Es necesario realizar muchas paradas para ver si hay forma de encontrar una postura relativamente cómoda.


Llegamos a la plataforma 80 metros donde nos detenemos para realizar una pequeña limpieza de piedras. Llegamos sin novedad a otra plataforma a 160 metros. Hay que realizar grandes esfuerzos para procurar separarse de la pared con objeto de no aplastar a Lépineux. Al fin arribamos a una plataforma a 213 metros. Es una rampa con fuerte inclinación; donde se encuentran grandes derrubios. Conseguimos clavar una clavija en la pared y dejar nuestra pesada carga.

Durante hora y media nos dedicamos a una concienzuda labor de limpieza. Cuando ya estaba todo prácticamente terminado, un gran bloque queda encajado tan fuertemente que tardamos una eternidad en poderlo lanzar al vacío. Son más de las 12 de la noche cuando reanudamos el descenso. Comienza la ducha que ya no nos abandonará hasta el fondo. Seguimos hasta una cornisa a 243 metros. A partir de este punto siento la sensación de flotar en el vacío. Las luces no tienen alcance para detectar una pared. Esta desagradable situación dura quince minutos y entonces comienzo a ver las rocas del fondo. A medida que nos acercamos a los bloques es más impresionante su tamaño.

Hay algunos como grandes casas. Me asalta el recuerdo de Marcel Loubens que cayó verticalmente, precisamente en este sitio. Por fin toco tierra. Se trata de una rampa de fortísima inclinación. Termina la ducha helada, pero comienza el esfuerzo de arrastrar los 400 kilos de equipo hacia la pendiente, mientras que el peso de mi compañero y su impedimenta me llevan la contraria. A los 50 metros de este descenso final estamos completamente agotados y empezamos a rodar por la pendiente formando un bloque de sacos, cable y hombres. Ordenamos que paren el torno. Intentamos ponernos en pie, pero en este caos inclinado parece que hayamos perdido el sentido del equilibrio. Caemos una y otra vez, hasta que llegamos a una pequeña plataforma empleada en expediciones anteriores, el "Boudoir". Comunicamos con supeficie. Hemos llegado sin novedad y esperamos tender el hilo telefónico aprovechando el viaje de retorno de cable. Tenemos mala suerte y el hilo de recuperación se rompe, quedando aislados del exterior. Son más de las tres de la madrugada cuando hemos terminado de montar el campamento y nos metemos en los sacos».

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